Cobra Kai: nostalgia y algo más

Acaba de finalizar la serie Cobra Kai. Si no sabes lo que es, enseguida te pongo en contexto.

Aquí van mis impresiones. Me temo que voy a enrollarme bastante, pero es que la ocasión lo merece.

Cartel de Netflix de la temporada 4, y para mí el más bonito

Empecemos hablando de Barney Stinson

En la sitcom Cómo conocí a vuestra madre, el único personaje que merecía la pena, Barney Stinson, entre sus múltiples excentricidades, tenía la de considerar que nadie había comprendido correctamente la película Kárate Kid: para él, el protagonista no era Daniel Larusso, el chaval que aprendía kárate de la mano de su mentor, el señor Miyagi. Para Barney, el protagonista era su rival, Johnny Lawrence, que veía cómo un mindundi recién llegado le quitaba la novia (Elisabeth Sue, que como se dice ahora, fue el crush de todos nosotros en los 80), y le arrebataba el título de campeón de kárate en la final con una patada poco ortodoxa.

Una visión muy particular con la que nadie estaría de acuerdo, y que por eso hacía tanta gracia. En concreto, en el capítulo en el que celebran su despedida de soltero, y para hacerle de rabiar, invitan a Ralph Macchio (intérprete de Larusso), y sólo al final, cuando Barney estalla en cólera y se destapa la verdadera sorpresa, aparece William Zabka (Lawrence), revelándose como «el verdadero kárate kid». Un chiste, como digo, del que todos nos reímos.

Pues igual no era tanto chiste.

Cobra Kai es una serie que retoma las películas x años después, y cuyo punto de partida es muy similar al que tenía el bueno de Barney.  Los protagonistas están viviendo una vida consecuencia de su final en las películas. Johnny Lawrence es un «fracasado», un tío iracundo que ha perdido el trabajo, tiene problemas para conservar su casa, bebe, se ha divorciado y no tiene relación con su único hijo. Mientras que Daniel Larusso es un empresario de éxito, bien acomodado, felizmente casado y con dos hijos; un tipo equilibrado, gracias a las enseñanzas del señor Miyagi, ya fallecido.

Pero Johnny es un luchador, no se rinde. Y para salir adelante, tiene la feliz idea de resucitar el dojo Cobra Kai. En parte, para ganar ingresos, pero sobre todo para seguir luchando, para volver a sentirse vivo haciendo lo que realmente sabe hacer: repartir estopa. Y claro, esto hace que Larusso, como contrapunto, funde su propio dojo, con unos valores opuestos a los de Cobra Kai, basados en el equilibrio y la defensa. De forma que la vieja rivalidad entre ambos resurge con más fuerza, implicando a los estudiantes de ambos dojos.

Así pues, ¿podríamos decir que Cobra Kai es una serie de kárate? En mi opinión, NO. A ver si consigo explicar por qué.

Acerca del judo

No, no me he equivocado, dejadme que me explique.

El judo es un arte marcial derivado del jiu-jitsu, concebido para la defensa, no para el ataque, y por eso no hay golpes: «sólo» hay proyecciones (llaves), estrangulaciones y luxaciones. Obviamente, es muy distinto del kárate.

Poca gente lo sabe, pero yo soy cinturón negro de judo. Seguramente ahora mismo no duraría ni medio asalto contra cualquiera, pues hace demasiado tiempo que no lo practico (aunque no han sido pocas las ocasiones en que me ha entrado el gusanillo de volver). Pero oye, el título no me lo quita nadie, en su momento me costó muchísimo esfuerzo conseguirlo, y es un buen recordatorio de muchas cosas importantes.

El tema es que en mi juventud competía bastante. De hecho, es un requisito necesario para poder sacarse el cinturón: el «examen práctico» consiste (o consistía, supongo que la cosa seguirá igual) en ganar un mínimo de 4 combates de un total de 5, y al menos 3 de ellos por ippon, que simplificando mucho, y para los no versados en la materia, sería una especie de ko. O dicho de otra forma, hacer 35 puntos de un total de 50 posibles. Nada fácil, os lo puedo asegurar, a mí me costó cinco intentos conseguirlo.

A lo que voy es a que sé lo que es competir. Sé lo que es meterte en un tatami y ponerte delante de tu adversario. Allí no hay nadie más: el resto de la gente está fuera del área de combate, con la excepción del árbitro que, si es bueno, y en condiciones normales, pasará desapercibido. Sólo estáis tú, tu contrincante… y tus propios demonios.

Porque en un combate te enfrentas a otro, pero también te enfrentas a ti mismo. A tus inseguridades, a tus miedos, a tus debilidades. Algo que sólo se puede afrontar desde la experiencia y con un buen entrenamiento.

Y por eso el oponente es tan importante: va a ser la vara de medir tu propia valía. Cuanto mejor sea el adversario, mayor valor tendrá tu triunfo, o más aprendizaje se sacará de la derrota. Hay que valorar su propio esfuerzo, porque es lo que le da mérito al tuyo. Y aquí viene la palabra clave: respeto. Respeto al adversario, al árbitro, y al propio tatami. Por eso se saluda al entrar y al salir del mismo, y por eso se saluda a ambos al comenzar y al terminar el combate.

El objetivo es derrotar al oponente (que no enemigo), en ningún caso hacerle daño. Yo no hablaría tanto de deportividad como de honor.

Pues bien, yo no tengo ni idea de kárate. En mi juventud, recuerdo que había mucha rivalidad entre judokas y karatekas. Ambos defendíamos lo nuestro, claro, probablemente con argumentos demasiado subjetivos. Sí recuerdo que tuve un amigo que se flipaba demasiado, sobre todo con las katas. Le encantaba mirarse en el espejo. No le culpo, en esas edades era lo lógico, y yo también tenía lo mío.

Pero insisto, no tengo ni idea de kárate. Lo que sí sé, y de esto estoy bastante seguro, es de que la sensación de un karateka al entrar en un tatami y tener a su adversario delante debe ser muy parecida a la de un judoka. Y no tiene nada que ver con lo que se muestra en esta serie, donde los personajes se enfrentan a enemigos jurados que sí tienen la intención de hacer el mayor daño posible.

También tengo bastante claro que las coreografías espectaculares, los movimientos imposibles y los golpes secretos milenarios no son kárate, sino artificios visuales en servicio de la ficción.

Por eso, creo que puedo afirmar con cierta base que Cobra Kai no va de kárate.

Entonces, ¿de qué va Cobra Kai?

Hay dos temas importantes en esta serie: la superación personal y la nostalgia. Empiezo por el primero.

En Cobra Kai los personajes las pasan putas. El que más y el que menos, todos afrontan problemones que les doblegan, que les superan. Empezando por el protagonista, Johnny Lawrence, cuya historia es el punto de partida de la serie, y también su cierre. Sin quitarle mérito a Danny Larusso, que es un coprotagonista fantástico; no puede ser un villano, pero sí es el adversario perfecto para Johnny, y con el tiempo (cero sorpresas, no me acuséis de spoiler), también su mejor aliado. Juntos son como el yin y el yang, opuestos pero complementarios. Y funciona maravillosamente bien.

Cobra Kai va de eso: de levantarse cuando estás caído. De enfrentarte a tus miedos, al dolor y al fracaso. De recibir ostias, figuradas y físicas, que hay de ambas a tutiplén y aquí recibe hasta el apuntador. De lamerte las heridas y volver a pelear. De no rendirse jamás.

Y no importa si en el tatami tienes delante a un armario empotrado que te saca una cabeza y parece un Terminator, y que ya te ha partido la cara en una ocasión, o a una psicópata que ya te ha rajado el brazo y sólo desea verte muerta. Tú aprietas los dientes y los puños, y le miras a los ojos. Y entras de nuevo en el tatami a dar el 100%. Y cuando descubres que no es suficiente, te esfuerzas más y descubres que podías dar el 110%. Pero nunca te rindes.

Esto también se aplica fuera del tatami. Si te quedas paralítico como resultado de una pelea, o se muere tu madre víctima del cáncer, o terminas en la cárcel, o tu chica te deja por otro, o te hacen bullying, o… Siempre es lo mismo. Pelea, levántate, pide ayuda, canaliza tu ira o reencuentra tu equilibrio con el kárate, lo que te venga mejor; llora, grita, y cágate en lo que quieras. Tomarás decisiones equivocadas, sin duda. Pero no te rindas.

También va de la redención. En Cobra Kai todos los personajes se equivocan, continuamente. A veces es algo exagerado. Pero todos aprenden de sus errores y se vuelven más fuertes. Muchos villanos se terminan convirtiendo en héroes, siguiendo el ejemplo del propio Johnny, que ya desde el comienzo, lejos de ser un dechado de virtudes, se esfuerza por mejorar y salir adelante, y termina encontrando la mejor versión de sí mismo, sin perder su propio estilo rudo y marrullero. Va de segundas oportunidades y de intentar aprovecharlas incluso cuando todo parece en contra.

El segundo tema principal es la nostalgia. Todo nos recuerda a los 80. La banda sonora, las referencias a películas como Rocky, y la constante revisión del pasado por parte de los protagonistas, que justifica su presente. La serie recupera a todos y cada uno de los personajes de las tres películas (por algún motivo, El nuevo Karate Kid, cuya protagonista era Hillary Swank, que también recibía las lecciones de Miyagi, ha quedado fuera de este «universo»), ya sea como cameos o dándoles un papel más relevante. Y en los casos en los que el espectador no es capaz de reconocer a un determinado actor, nos muestran imágenes de las películas para que sepamos quién es.

Cobra Kai es una serie que sabe reírse de sí misma y, al mismo tiempo, mostrar un profundo respeto por sus orígenes. Sabiendo que cosas como la patada de la grulla y otras flipadas ahora parecen algo poco creíble, se desmitifican sin por ello quitarles el mérito que tuvieron. Por ejemplo, cuando a un personaje le rompen la pierna en un combate, Lawrence pretende intentar curarle del mismo modo que él es curado en la primera película por Miyagi, que se frota las manos y le aplica calor; pero en este caso, el mensaje está claro: «frotar las manos no es algo mágico, el hueso está roto y necesita tiempo para soldarse».

E introduce flipadas nuevas, ya que estamos. Me hace gracia cómo ponen el chillido de un halcón cada vez que el personaje al que apodan de esa manera hace un ataque. O las coreografías llenas de acrobacias, absolutamente innecesarias y poco creíbles, pero que cumplen el objetivo de aportar espectáculo a los combates. Como dije antes, todo esto no es kárate, aunque al espectador le mole verlo.

El respeto es máximo por la figura de Miyagi / Pat Morita. Hay quien critica que se haya utilizado IA para que éste aparezca en una escena al final de la serie. Pero es obvio que los creadores no han tratado de sustituirle ni nada parecido, sino que han intentado homenajearle de la mejor forma posible.

Por último, mencionar que hay mucho relleno de subtrama con trasfondo adolescente. Al fin y al cabo, aunque el hilo conductor es la historia de Johnny y Larusso, buena parte del protagonismo lo acaparan los personajes más jóvenes, que al final son los que más pelean. Sin ánimo de menospreciarles, estas subtramas son lo de menos para mí. Entiendo que están ahí para enganchar al público más joven que, lógicamente, no va a picar en el elemento nostálgico ni se va a ver identificado con Johnny y Larusso.

Quiero resaltar el mérito de los actores. Ralph Macchio tiene 63 años, y William Zabka 59, pero ahí les tienes, pegando saltos y dándose de leches, con una forma física que ya me gustaría a mí. Es que tienen hasta pelazo. Naturalmente, el grueso de los combates recae en la nueva generación de luchadores, pero de vez en cuando ellos hacen lo suyo. También quiero resaltar a los verdaderos villanos, tanto de las películas como de la serie: Thomas Ian Griffin, de 62 años pero también en plena forma, y que además acojona cada vez que aparece en pantalla (no en vano fue el vampiro perfecto en Vampiros); y Martin Kove, el sensei de Johnny, que tiene 78 años pero también da la talla.

Conclusión

Cobra Kai es una serie con muchos, muchísimos defectos. Está muy lejos de ser perfecta. Giros argumentales poco creíbles, personajes con estereotipos exagerados, y muchas patochadas que parecen más tener que ver con el mundo del circo que con el del kárate.

Me ha disgustado especialmente el inesperado protagonismo que adquiere al final de la serie España, concretamente Barcelona. No conseguimos librarnos de ciertos clichés, y cada vez que aparece un español suena una absurda musiquita con guitarreo. Por lo menos, esta vez, no ha salido ningún torero.

Pero en general es una serie que me ha encantado. Con escenas memorables, bien cargadas de emociones, muchísimos guiños a épocas pasadas, un dúo protagonista con el que empatizas desde el principio, un buen planteamiento y un final que es prácticamente perfecto. No, en serio, el final es maravilloso, los guionistas han logrado transmitir un mensaje enorme, y condensar en unos pocos capítulos toda la esencia de la serie, sin dejar mal a nadie, incluso aunque no todos puedan ganar. El círculo se cierra de forma brillante.

Muy recomendable. Series como ésta me recuerdan que tal vez todavía no esté demasiado viejo para esto.

P.D.: ¿he dicho que era el final? De la serie sí, pero los productores no van a dejar que la gallina de los huevos de oro deje de ponerlos. Ya tenemos trailer de la película Karate Kid Legends, que trae de nuevo a Larusso, esta vez acompañado del mismísimo Jackie Chan. La verdad es que no le tengo muchas ganas, no creo que llegue a emocionarme como me ha emocionado esta serie.  Pero bueno, ya veremos.

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