Relatos en la Taberna

Gigantes ocultos

Dura es la vida del gigante

Desde tiempos inmemoriales, la gente pequeña nos persigue con el odio que no es sino el producto de su miedo, tornando en nosotros dicho miedo, pues no por ser grandes somos inmunes al dolor o a la muerte.

Con los años hemos aprendido a escondernos, ardua tarea debido nuestro tamaño, pero muy necesaria, porque somos pocos y pacíficos, de forma que la única oportunidad que tenemos para sobrevivir es evitar que nos vean.

Y, con suerte, conseguir que nos olviden.

Es así como vive mi comunidad, compuesta por cerca de una treintena, a la vista de todos pero sin que nadie nos mire. Disfrazados de blanco, con unos sombreros de paja que nos protegen del sol, y con unas telas en los brazos, que movemos con energía cuando alguien se acerca, arrojando potentes ráfagas de viento, para incomodarle y para que crean que, en realidad, es el viento quien nos mueve a nosotros de forma natural, del mismo modo que lo hace con esos edificios suyos que llaman molinos.

Hasta ahora la treta ha funcionado bastante bien, y ya nadie habla de nosotros.

Pero hace poco hemos estado a punto de ser descubiertos. Pues un visionario, un viajero que transitaba por esta hermosa tierra manchega acompañado por un amigo o familiar, supo ver más allá de nuestro disfraz, reconociéndonos al instante.

De inmediato, el odio primigenio innato en la gente pequeña se apoderó de su voluntad, y no dudó en enfrentarse él solo contra nosotros, cargando a lomos de su caballo con una afilada lanza.

Nuestro primer impulso fue echar a correr, pues como he dicho, somos gente pacífica que rehúye la violencia. Pero el astuto personaje vio venir nuestras intenciones, de tal forma que mientras espoleaba a su caballo nos gritó con violencia:

- ¡No huyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!

No entendimos por qué no habíamos de huir, lo mismo nos daba uno que cientos, si su intención era la de ensartarnos con la lanza. Pero sí es verdad que jamás habríamos podido hacerlo, pues nos movemos lentamente y aquel jinete espoleaba a su montura como si le fuese la vida en ello.

Fue entonces que alguno de los nuestros decidió insistir en nuestra táctica habitual, que al fin y al cabo es lo que mejor sabemos hacer, y se puso a menear los brazos con toda la fuerza de la que fue capaz. El resto de nosotros, que no sabíamos muy bien qué hacer, decidimos seguirle en su idea y hacer lo propio, así que en breves instantes estábamos todos moviendo los brazos y provocando que el viento azotase al caballero que se acercaba cada vez más.

Pero no cesó en su empeño, su determinación era firme.

- ¡Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, que lo habéis de pagar! –nos gritó mientras se acercaba cada vez más.

Briareo era un primo lejano que vivía en Grecia. Tenía, el pobre, la desgracia de tener muchos brazos y muchas cabezas, producto de un defecto de nacimiento. Y eso hizo que fuese reclamado por gente poderosa para luchar en las guerras, aunque él, como todos nosotros, sólo quería vivir en paz.

Por suerte para él, como pago por sus servicios en las guerras fue premiado casándose con una hija del dios de los mares, y desde entonces vive en un palacio submarino feliz con sus hijas.

El caso es que me sorprendió que el caballero en cuestión conociese a Briareo. Por mucho odio que estuviese mostrando hacia nosotros, era evidente que conocía bien a mi pueblo. Sin duda eso explicaba que hubiese sido capaz de descubrirnos pese a nuestros disfraces.

Entonces me invadió el miedo. Pues si nos conocía, sabía cómo enfrentarse a nosotros. ¿Por qué si no cargaba con tanta seguridad hacia nosotros? Y temí por mi vida, pues el caballero se dirigía directamente hacia donde estaba yo.

No tuve más remedio que enfrentarme a él, aunque no sabía cómo hacerlo, pues nunca me había peleado con nadie. Pero sí tenía clara una cosa: esa lanza era lo que podía hacerme daño. Así que cuando llegó a mi altura moví el brazo, intentando que quedase atrapada en la tela que lo recubría.

La maniobra salió bien, pues el arma quedó rota. El caballero y su montura también quedaron maltrechos; salieron volando por los aires y rodaron después por el duro suelo.

No supe muy bien qué hacer entonces. Había ganado el combate, pero no deseaba causar un daño innecesario. Estaba especialmente preocupado por el caballo, que sabía que no tenía culpa de nada, y me sentí culpable al ver lo dolorido que había quedado.

Me alivió bastante comprobar que el compañero del caballero, al llegar a su altura, estaba más interesado en ayudarle a él que en cobrarse venganza contra mí. Así que, aunque tenía la tela del brazo rasgada, decidí hacer lo mismo que mis compañeros y ponerme a generar más viento.

Parece que el hecho de tener la lanza rota hizo que aquel caballero desistiese de sus ganas de luchar, y para alivio de todos nosotros, ambos volvieron a sus monturas y se alejaron de la zona. Supongo que no consiguió reparar su arma, pues nunca le volvimos a ver, ni nadie volvió a molestarnos.

Dura es la vida del gigante, pero la gente pequeña sigue sin reconocernos, y mientras esto siga así, al menos también será segura.