El combate de los treinta

Amanece en la Bretaña. No hay nubes en el cielo, preludio de un hermoso día de primavera. Todo sería idílico si no fuese por el ruido de múltiple ferretería que acompaña al lento pero decidido caminar de sesenta hombres de armas.

Treinta del bando de los bretones, y treinta del de los ingleses, que se han citado para darse «cariño bélico», sin olvidarse de las buenas normas de caballería de la época, pero con la muerte como único límite.

Treinta contra treinta. ¿Es una batalla? No, más bien es un duelo. Que será recordado en las canciones de los trovadores por los siglos venideros.

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Este anuncio es muy relevante porque, precisamente, una de las cosas que contaremos en este primer episodio es el relato del Combate de los Treinta. Te invito a escucharlo como complemento a este artículo.

Combate de los Treinta
Tapiz del Combate de los treinta, de Pierre Le Baud

La Guerra de Sucesión Bretona

Nos encontramos en el contexto de la Guerra de los Cien Años, que tuvo a ingleses y franceses dándose de tortas durante algo más de un siglo, entre los s. XIV y XV. En los comienzos de la misma, en Bretaña, el duque Juan III muere sin herederos, lo que ocasiona, como suele suceder en estos casos, que varios personajes reclamen dicho título, en este caso Juan de Monfort (medio hermano del duque, que tiene el apoyo del rey inglés, Eduardo III), y Carlos de Blois (casado con una sobrina del duque, con el apoyo del rey francés Felipe IV).

O dicho de otro modo, que dos potencias se disputan el control del territorio. La excusa es lo de menos.

En este escenario, los protagonistas del Combate de los Treinta son dos guarniciones de soldados, una por cada bando, que controlaban respectivamente la ciudad de Ploermel y el cercano poblado de Josselin. El enfrentamiento es inevitable. Sus líderes, el barón de Beaumanoir, por el lado bretón, y sir Robert Bemborough, por el inglés.

Hay varias teorías acerca del detonante de la lucha, a cual más interesante:

1- Un conflicto caballeresco

Siguiendo las mejores tradiciones de la época, ambos bandos lucharían por el honor de las damas a las que representan: Joan, duquesa de Bretaña, de la casa de Blois; y Joanna de Flanders, de la casa de Monfort.

2- Al rescate del pueblo

Bemborough estaría gobernando con mano de hierro a la población de la zona, al parecer en venganza por el asesinato de su predecesor, Thomas Daggeworth. Y Beaumanoir acude en socorro de los campesinos subyugados.

En esta foto, que es la que cuentan las canciones, se dibuja al bretón como el paradigma de las mejores virtudes caballerescas, piadoso y defensor de los orpimidos, mientras que Bembrough sería más bien pagano (confía en las profecías de Merlín, en las que se cree protagonista vencedor de un duelo), vengativo y tirano.

Sea como fuere, ambos líderes deciden dirimir sus diferencias en combate singular. Pero sus hombres, que no desean ser meros espectadores, reclaman su parcela de protagonismo. Así que finalmente se acuerda que cada campeón escogerá a veintinueve campeones, quedando en enfrentarse treinta contra treinta.

Combate de los Treinta - Roble en mitad del camino
La columna que marca, hoy en día, el lugar del combate

El Combate de los Treinta

El lugar escogido para darse de tortas es el Roble de Mitad del Camino, que es exactamente lo que su nombre indica. A día de hoy, por cierto, es un hermoso lugar perfectamente marcado y visitable, con una columna conmemorativa.

Y allí que aparecen Bembrough y Beaumanoir con sus respectivos hombres. El listado de éstos, por cierto, es perfectamente conocido, tal fue la fama del evento; no os voy a aburrir con ellos, si alguien tiene curiosidad, en la misma wikipedia están. Cabe destacar que no todos son caballeros: en el bando bretón hay veinte escuderos, y veintitrés en el inglés. También hay que remarcar que en el bando inglés hay seis alemanes y cuatro brabantes (el ducado de Brabante comprende, en esta época, parte de los Países Bajos y Bélgica).

Sin más, comienzan las hostilidades. La lucha es todo lo encarnizada que puede ser. Con ojos de hoy en día podríamos pensar que la cosa se resuelve en un momento, pero la realidad es que hablamos de infantería pesada, bien acorazados. Es difícil hacer mella en las armaduras, o encontrar un hueco. Y el cansancio pronto hace aparición, siendo más una lucha de resistencia que de habilidad.

Así, empieza el goteo de bajas. Alguno cae muerto o herido, aunque la mayoría de bajas son prisioneros, gente que se rinde bajo palabra. Un concepto interesante, éste, casi impensable a día de hoy: cuando un caballero se rinde, su captor ya puede olvidarse de él, que no volverá a combatir; el «prisionero» se aparta de la batalla, y ya pueden estar cayendo como moscas sus amigos, que no va a participar de nuevo en el combate. Una especie de «tarjeta roja», si lo extrapolamos a un contexto deportivo. El honor así lo exige. Eso sí, el que se rinde, lo hace a su captor; así que si éste cae muerto, ya no hay por qué seguir manteniendo la palabra dada, se libera de la misma y puede volver a combatir (con la ventaja de haber descansado entre tanto).

Al cabo de un buen rato, los ingleses van ganando. La ventaja es notable porque en un conflicto con tan pocos participantes cada baja cuenta. No obstante, ambos bandos acaban extenuados, y pactan un momento de descanso para tomar aire.

La escena es difícil de imaginar, casi parece cómica. Un puñado de guerreros armados hasta los dientes, sudando (y sangrando) como cerdos bajo el sol inclemente, tirados en la hierba, comiendo algo y bebiendo más. Un buen vino de Anjou, como si de un pícnic se tratase.

El relato que dibuja a Baumanoir como un piadoso cristiano cuenta cómo éste, estando en mitad de la Cuaresma, se encuentra en día de ayuno. Lo que supone un drama, claro, pues es el doble de sufrimiento en estas condiciones tan extremas. Cuenta el poema épico que uno de sus caballeros le dice que se beba su propia sangre para saciar la sed.

Tras el descanso, se reanuda el combate.

Más de lo mismo, hasta que ocurre el inevitable desenlace: uno de los líderes cae muerto. Se trata de Bembrough, el paladín inglés. Y se cambian las tornas. Los bretones redoblan esfuerzos ahora que el bando inglés ha sufrido un duro golpe. Es más, los prisioneros hechos por Bembrough se ven liberados y pueden volver a la lucha. Así, los ingleses pasan a la defensiva (no se rinden), formando un círculo y aguantando como pueden.

Combate de los treinta - Muerte de Bembrough
La muerte de Bembrough, ilustración de Paul Philippoteaux

La situación está en un punto complicado. Quedan pocas energías, y aunque la iniciativa la llevan los bretones, éstos no se ven capaces de quebrar la defensa inglesa. Podría considerarse un empate técnico. Pero entonces ocurre algo que decantará la balanza definitivamente: Guillaume de Montauban, uno de los escuderos bretones, monta en su caballo y carga contra el bloque inglés.

¿Y por qué no realizaron esta maniobra mucho antes? En mi opinión no deja de ser una trampa, ya que lo pactado era luchar a pie con las armas indicadas.

En cualquier caso, siete guerreros ingleses caen tras la embestida, y el resto, en clara inferioridad y con el bloque defensivo roto, sucumben ante el ataque bretón, que se alza con la victoria.

Consecuencias del Combate de los Treinta

Ninguna. Al menos en lo que se refiere a la Guerra de Sucesión Bretona. Beaumanoir se hace con el control de Ploermel, pero al parecer, no le va a durar demasiado. Esta guerra aún durará hasta el año 1365 (14 años más) y se saldará con la victoria de los Monfort, tras la decisiva victoria de la Batalla de Auray. El caso es que el rey de Francia reconocerá al duque John de Monfort, lo que provocará que le rinda vasallaje y los nobles bretones sigan del lado francés… consecuencias del feudalismo.

Y la Guerra de los Cien Años aún durará casi un siglo más.

La principal consecuencia del Combate de los Treinta es la fama que adquirieron sus protagonistas. Se consideró como el epítome de los duelos de caballeros, escribiéndose canciones y glorificando la escena en tapices, exaltando las virtudes caballerescas de ambos combatientes. En épocas posteriores, sin embargo, se empezó a utilizar el combate con fines más patrióticos. Los franceses (aunque finalmente perdedores de la Guerra de Sucesión) lo recordaron como ejemplo de resistencia ante el invasor extranjero. Y los ingleses, que le conceden poca importancia al suceso (como hacen siempre que pierden, algo que ya hemos visto en varios artículos en este blog) subrayaron la trampa de Montauban.

El mal llamado Combate de los Treinta (porque al fin y al cabo, fueron sesenta), quedará, en cualquier caso, como una bonita historia de gallardos caballeros feudales.


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1 comentario en “El combate de los treinta”

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